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scheherazada
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principal, 530 palabras, 10:45 pm
Cuando faltaban algunas cuadras para llegar a su casa, Esteban se dio cuenta. No estaba solo. Otros pasos, no sólo los suyos rompían el rotundo silencio de esa noche. Apretó los puños y apuró el paso.
No se atrevió a volver la cabeza sobre su hombro. Avanzaba rápidamente, pero estaba seguro de que no servía de nada, de un momento a otro sería alcanzado. Le sudaban las manos, podía oir sus latidos y tenía la respiración agitada. Trataba de no dejarse dominar por el miedo, pero era imposible.
Dio la vuelta en la esquina. Por un momento creyó que ya no le estaban siguiendo, sólo para que unos segundos más tarde, su corazón diera un salto aún más grande cuando escuchó nuevamente los pasos. Esta vez más cerca.
La calle solitaria, ni siquiera un perro callejero. Esteban se resistía a creerlo. Este era el momento. Ese que esperaba desde siempre, pero demoraba tanto en llegar que en algunas ocasiones hasta había olvidado que su única razón era esperar que llegase.
Ahora se daba cuenta, a propósito trató de obviar las señales que se le habían presentado a lo largo del día. Primero las mariposas negras que amanecieron muertas junto a la ventana, luego la mirada sombría de aquella mujer con quien se cruzó al llegar a la iglesia. Ella murmuró algo en su oído que no pudo entender, pero igual le puso los pelos de puntas.
Sintió el impulso de volverse y pedir un poco de tiempo para arreglar unos últimos detalles. Siempre procuraba dejar todo listo, no tenía deudas pendientes y nunca se permitía aferrarse a nada o a nadie. Aún así se le ocurrieron un par de cosas, pero la visión de aquel rostro fatídico con el que había soñado tantas veces desvaneció completamente el impulso. Pensó luego en el telegrama que llegó hoy por la tarde y que no leyó porque estaba saliendo apurado. Seguramente ese era el aviso final, el más claro, pero no lo había leído.
Después de unos cuantos pasos, ya totalmente resignado y hasta un poco aliviado, Esteban decidió detenerse y abandonarse a lo que siempre supo era su destino. No debía oponer más resistencia. Después de todo él estaba preparado, todo el tiempo lo había estado. Habrá otros a quienes quizá les tome por sorpresa. Pero no a él que nunca tuvo la osadía o la insolencia de esperar otra cosa.
Por fin se detuvo, una mano tocó ligeramente su hombro izquierdo. Sintió el sudor frío que le corría por debajo de la ropa y pensó: este es el fin.
Con los ojos cerrados escuchó los pasos alejarse rápidamente. Confundido, abrio lentamente los ojos. Entonces pudo ver a Ramiro, el joven músico a quien acababa de saludar a la salida del cine, cruzando apurado la calle y perderse poco a poco en la oscuridad.
No ha sido hoy, pensó Esteban. Seguramente será mañana y siguió su camino.
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