Columna literaria de una escritora no literata

Columna literaria de una escritora no literata

13.04.07

Literatura para elites

Enlace Permanente | scheherazada |   principal, 608 palabras, 1:53 am

El desgarro de los pueblos latinoamericanos, martirizados por cientos de años, se convierte en un producto de consumo para las elites del mundo. Novelas, obras de ficción que jamás serán conocidas por los protagonistas de los infortunios que cuentan.

El País Bajo mi Piel, Gioconda Belli C$345.00, Adiós Muchachos, Sergio Ramírez C$230.00, La Revolución Perdida, Ernesto Cardenal C$520.00, La Silla del Águila, Carlos Fuentes C$230.00, Historia de Mayta, Vargas Llosa C$460.00.

La lista anterior muestra los precios de algunos títulos de autores latinoamericanos en una librería local. En promedio cuestan C$360.00 (Trescientos sesenta córdobas), lo cual equivale a veinte dólares aproximadamente. Pagar veinte dólares por un libro está completamente fuera de las posibilidades de la mayoría de los nicaragüenses.

Es un tanto difícil caer en la cuenta de que los escritores y pensadores, quienes formulan las ideas que podrían llevar a la reflexión sobre su historia y sus realidades a un pueblo, sólo estén al alcance de aquellos que pueden pagar $20.00 o más por un libro. Desgraciadamente quienes pueden comprar dichas obras son también los menos interesados en generar un cambio.

Me pregunto de qué sirve pretender contarle a un pueblo su propia historia, si al final este pueblo no podrá leerla porque no tiene los veinte dólares que cuesta comprar un libro. De qué sirve plantear esas ideas, hacer evidentes las ironías y el absurdo presentes en nuestra sociedad, si todo esto se convierte en un producto de entretenimiento para quienes pueden pagarlo, que precisamente son los más interesados en preservar el sistema tal y como está.

Nuestros pensadores, nuestros grandes genios latinoamericanos, se convierten en marcas que se negocian en el mercado editorial. Marcas registradas, garantías para vender un producto de entretenimiento. Los lectores ya no son lectores, son el mercado, el mercado de tal o cual autor.

Qué utilidad pueden tener los grandes cuestionamientos que se hacen en una novela, en un ensayo si quienes van a discutirlos y a comentarlos son los beneficiarios de las atrocidades del sistema.

Muchos se sorprenderán y alabarán la genialidad de un autor, su destreza narrativa para contar las realidades y las miserias de los pueblos latinoamericanos. Pero estas historias están siendo contadas a quienes conviven con esa realidad día a día, pero optan por ignorarla, no la ven, no se dan cuenta, construyen muros para separase de ella. Prefieren leerla en un libro que cuesta veinte dólares y comentarla como obra de ficción.

Una obra de ficción. El desgarro del nuestros pueblos, se convierte en una obra de ficción, un producto de consumo para nuestras elites, para quienes contribuyen a la preservación y perpetuación del sistema responsable de la desgracia.

Las ideas no se discuten. Nuestros pensadores no son luces que iluminan la opinión pública o nuestra autoimagen como sociedad. Escriben y a veces escriben demasiado sobre como vamos perdiendo nuestra identidad cultural, sobre como cada día vamos sabiendo menos quienes somos. Sin embargo, también se prestan al juego del sistema que favorece estas condiciones.

La televisión es un producto de consumo masivo, la cultura no. Dónde están los teatros para el pueblo, las editoriales que hacen publicaciones al alcance de los bolsillos del pueblo, dónde las bibliotecas públicas Cómo pretendemos llegar a ser capaces de establecer un diálogo sobre nuestro futuro como país y como sociedad si las ideas se comercian, se venden a precios altísimos, inalcanzables.

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23.02.07

Preludio

Enlace Permanente | scheherazada |   principal, 530 palabras, 10:45 pm

Cuando faltaban algunas cuadras para llegar a su casa, Esteban se dio cuenta. No estaba solo. Otros pasos, no sólo los suyos rompían el rotundo silencio de esa noche. Apretó los puños y apuró el paso.

No se atrevió a volver la cabeza sobre su hombro. Avanzaba rápidamente, pero estaba seguro de que no servía de nada, de un momento a otro sería alcanzado. Le sudaban las manos, podía oir sus latidos y tenía la respiración agitada. Trataba de no dejarse dominar por el miedo, pero era imposible.

Dio la vuelta en la esquina. Por un momento creyó que ya no le estaban siguiendo, sólo para que unos segundos más tarde, su corazón diera un salto aún más grande cuando escuchó nuevamente los pasos. Esta vez más cerca.

La calle solitaria, ni siquiera un perro callejero. Esteban se resistía a creerlo. Este era el momento. Ese que esperaba desde siempre, pero demoraba tanto en llegar que en algunas ocasiones hasta había olvidado que su única razón era esperar que llegase.

Ahora se daba cuenta, a propósito trató de obviar las señales que se le habían presentado a lo largo del día. Primero las mariposas negras que amanecieron muertas junto a la ventana, luego la mirada sombría de aquella mujer con quien se cruzó al llegar a la iglesia. Ella murmuró algo en su oído que no pudo entender, pero igual le puso los pelos de puntas.

Sintió el impulso de volverse y pedir un poco de tiempo para arreglar unos últimos detalles. Siempre procuraba dejar todo listo, no tenía deudas pendientes y nunca se permitía aferrarse a nada o a nadie. Aún así se le ocurrieron un par de cosas, pero la visión de aquel rostro fatídico con el que había soñado tantas veces desvaneció completamente el impulso. Pensó luego en el telegrama que llegó hoy por la tarde y que no leyó porque estaba saliendo apurado. Seguramente ese era el aviso final, el más claro, pero no lo había leído.

Después de unos cuantos pasos, ya totalmente resignado y hasta un poco aliviado, Esteban decidió detenerse y abandonarse a lo que siempre supo era su destino. No debía oponer más resistencia. Después de todo él estaba preparado, todo el tiempo lo había estado. Habrá otros a quienes quizá les tome por sorpresa. Pero no a él que nunca tuvo la osadía o la insolencia de esperar otra cosa.

Por fin se detuvo, una mano tocó ligeramente su hombro izquierdo. Sintió el sudor frío que le corría por debajo de la ropa y pensó: este es el fin.

Con los ojos cerrados escuchó los pasos alejarse rápidamente. Confundido, abrio lentamente los ojos. Entonces pudo ver a Ramiro, el joven músico a quien acababa de saludar a la salida del cine, cruzando apurado la calle y perderse poco a poco en la oscuridad.

No ha sido hoy, pensó Esteban. Seguramente será mañana y siguió su camino.

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