El merengue y lo real maravilloso, por Roberto Carlos Perez
A Antonio Carr, músico visionario y gran promesa del merengue.
2007, 17 de Julio | Agrega un comentario
Merengue, Papá Camilo
Merengue, Papá Tomá
al golpe de la tambora,
o te compone o te va. Merengue dominicano Ya desde sus inicios, el continente americano fue escenario de grandes encuentros. Durante la Conquista, etnias divididas por distancias y costumbres tuvieron como trasfondo el odio, la avaricia, la esclavitud y la muerte. Pero el mestizaje llevado a cabo en el Nuevo Mundo fue sin duda la más grande fusión de culturas de la que se tenga memoria.
Desde entonces, la historia hispanoamericana ha sido una de contrastes y exageraciones. Naciones con altos niveles de analfabetismo han dado a luz a importantes figuras capaces de llevar a cabo sangrientas revoluciones, y artistas que asombrosamente han demostrado talento para concebir complejas formas literarias y musicales. Resulta increíble imaginar que personajes como sor Juana Inés de la Cruz (1648 – 1695) de México, Ernesto Lecuona (1895 – 1963) y José Martí (1853 – 1895) de Cuba, Rubén Darío (1867 -1916) de Nicaragua y Simón Bolívar (1783 – 1830) de Venezuela, por citar algunos ejemplos, hayan nacido, crecido y madurado en un área geográfica desde siempre castigada por el oprobio.
Las pequeñas pero impetuosas islas del Caribe no son la excepción. Barrocas en su naturaleza, lo maravilloso y lo real, tal y como lo planteara Alejo Carpentier (1904 – 1980), se nota en cada una de sus instancias. En sus calles, su gente, su música y sus paisajes. Su historia, plagada de exabruptos y sobresaltos, apenas se explica en la profusión de elementos arraigados a sus costumbres; simbiosis perfecta en la que se desarrollaron intrincados ritmos musicales e invalorables piezas arquitectónicas. La isla de La Española, que en un principio fue territorio de un solo reino –hasta que un tercio de la isla fue cedida a los franceses mediante el tratado de Ryswick–(1) se vio repentinamente dividida por la codicia de los conquistadores.
De una sobrecargada decoración en sus paisajes y arquitectura –buen ejemplo de ello es la Catedral Metropolitana de Santa María de la Encarnación, en República Dominicana, y el Palacio Real de Haití– no es difícil imaginar que, a principios del siglo XIX, trescientos años después del arribo de los primeros conquistadores, el rey negro Henri Christophe (1767 – 1820)(2) hiciera construir una ciudadela con argamasa y sangre de toro para proteger a la recién establecida República de Haití de un posible ataque francés. La parte española de la isla, convertida posteriormente en la República Dominicana, fue continuamente asediada por ingleses, franceses y españoles, quienes buscaban fortalecer su poder en la región. La belleza del territorio contrastaba enormemente con las divisiones a las que había sido sometida desde el inicio de la Conquista.
Bautizada por Cristóbal Colón con el nombre de La Española, la isla fue escenario de cruentas revueltas. Tras el derrumbe de los pueblos indígenas, especialmente de las etnias taínas, caribes y arawak, a raíz de enfermedades y trabajos forzados, las explotaciones agrícolas fueron la razón principal para que, tanto franceses como españoles, dieran inicio a la importación de esclavos procedentes de África. La trata, o tráfico de seres humanos, fue el último peldaño hacia la fusión definitiva de tres culturales muy diferentes: la indígena, la africana y la europea.
De modo que, para cuando Henri Christophe mandó construir la ciudadela de Laferriere, muchos sucesos habían transcurrido: la secesión de gran parte de la isla a los franceses, el nacimiento de la nueva República de Haití, la abolición de la esclavitud, y el surgimiento de un género musical cuyo más grande mérito, aparte de su complejidad rítmica y armónica, descansa en definir mejor que nada los conflictos existenciales no sólo de los dominicanos, sino de la mayoría de los pueblos de Hispanoamérica.
Profundamente ligado al proceso de hibridación cultural llevado a cabo en las recién establecidas colonias, el merengue es sin dudas una forma de expresión que a través de los años ha servido de escape a las presiones sociales y políticas de algunas regiones. Si bien muchos países reclaman parte en su creación, como es el caso de Puerto Rico, Colombia y Venezuela, donde se encubaron géneros muy parecidos, es en la República Dominicana donde el merengue ha adquirido mayor flexibilidad y madurez, convirtiéndose en su verdadera patria y brindándole un lugar privilegiado como ritmo folclórico del Nuevo Mundo.
La contradanza europea parece ser su cimiente. Ambos comparten un ritmo binario con variadas secciones de ocho compases, y la influencia de ésta repercutió profundamente no sólo en el nacimiento del merengue, sino en otros géneros trascendentales como el son, la habanera y el danzón, por lo que resulta difícil saber con exactitud el lugar preciso de su nacimiento.
De origen británico –posiblemente el nombre haya surgido de las palabras country dance– la contradanza, o su equivalente francés, la contradanse, alcanzó popularidad en Francia bajo el reinado de Luís XIV (1638 – 1715), hombre aficionado a las artes y gran amante de la música de Jean Batiste Lully (1632 – 1687), quien incorporó –con gran éxito– la contradanse en sus ballets.
Al igual que el minueto, la contradanse era una danza elitista, la cual pasó a España donde recibió el nombre de contradanza. Ambas naciones fueron responsables de introducirla en el Nuevo Mundo, especialmente en las islas de Cuba y La Española, en donde, al unirse con los instrumentos de percusión provenientes de África y otros de origen indígena, como el güiro, pasaron a formar parte de la inmensa gama de ritmos por los cuales las islas del caribe se han caracterizado.
Muchas son las hipótesis en torno al nacimiento del merengue. Ninguna, sin embargo, se sustenta en hechos verificables. Una de ellas, y quizás la más importante, es que procede de la tumba dominicana, género musical del que existe poca información bibliográfica. Se cree que la tumba no sólo le aportó sus rasgos musicales, sino que le imprimió el estilo de baile por el que el merengue se dio a conocer en la primera mitad del siglo XIX, época en que se empieza a tener noticias de este ritmo como un fenómeno musical.
Aunque ya existía el antecedente de la rumba –fiestas paganas en las que al bailar las parejas simulaban el encuentro sexual– es en el merengue donde por primera vez se observan al hombre y a la mujer bailar ceñidos el uno al otro. De los gestos cortesanos propios de la contradanza se pasó a algo más atrevido y osado, al unirse las parejas cuerpo a cuerpo y dejar a un lado el pudor de la sociedad decimonónica del Nuevo Mundo.
La estructura del merengue se compone de tres partes, las cuales se subdividen en cláusulas de dieciséis compases:(3) paseo, o introducción instrumental a la pieza:(4) merengue, o cuerpo, en donde se expone la melodía y la lírica, y jaleo, en donde se repite el estribillo intercambiando con partes improvisadas, hasta terminar en una pequeña coda. Cada sección se alarga o acorta de acuerdo a la necesidad de expresión, tanto del compositor como del intérprete.
A diferencia de otros ritmos musicales que han sufrido poca o ninguna transformación, como la bomba, la plena y el mapalé, el merengue ha sido uno de constante evolución. Quizás a esto se deba el sitio privilegiado que se ha ganado a pesar del tiempo y la crítica, que en un principio lo catalogó como un ritmo vulgar y oprobioso. Sus primeros detractores, entre los que se encuentra un grupo de jóvenes críticos del periódico El Oasis, nos brindan (el 26 de noviembre de 1854) la primera documentación bibliográfica que se tiene del merengue, ya para entonces arraigado a la vida cotidiana de la isla.
«…Ya cuando dan principio al merengue. «Santo Dios! El uno toma la pareja contraria, el otro corre de un lado a otro porque no sabe qué hacer, éste tira del brazo a una señorita para indicarle que a ella toca merenguear, aquél empuja la otra para darse paso, en fin, el más elegante trastorna una figura y hace recaer la falta sobre su pareja, todo es una confusión, un laberinto continuo hasta el fin de la pieza…»Años después, el político y escritor Ulises Francisco de Espaillat (1823 – 1878), vislumbró en el merengue uno de los tantos males que impedían a la sociedad dominicana insertarse en un orden de progreso. De esta manera, en el periódico El Orden y bajo el seudónimo de María, Ulises Francisco de Espaillat observa (alrededor del año 1875) lo siguiente sobre la actitud de los dominicanos:
«El uso del machete, o más bien del revólver; el andar descalzo, comer el debilitante sancocho, y jugar gallos, bailar merengue y dejar para mañana lo que debía hacerse el día anterior». Para Espaillat, el merengue representaba decadencia y retroceso, males que, a escasos treinta años de la independencia (ocurrida en 1844), hacían de la República Dominicana un país con un lento o inexistente proceso de desarrollo. Sin embargo, a pesar de las opiniones negativas, el merengue entró en el siglo XX con una impresionante capacidad de asimilación de ideas y formas de representación, al absorber las novedades musicales que llegaban a la isla. De éste modo logró insertarse como un género fundamental, primero en República Dominicana, y después en toda Latinoamérica.
Los cambios más notables en el merengue se aprecian en la instrumentación. De su etapa primitiva le sobreviven el güiro y la tambora (tambor de dos parches), columna vertebral de esta música por llevar la mayor responsabilidad rítmica. A éstos instrumentos se le añadían, en un principio, la guitarra, la bandurria (instrumento de doce cuerdas), el bombardino (o eufonio) y el violín. Con el pasar de los años, llegó el acordeón, que habría de tener gran influencia en el género, y que sustituyó a los instrumentos de cuerdas por su fácil manejo. Con él, el merengue alcanzó grandes niveles melódicos, hasta que fue reemplazado por el instrumento por el que este ritmo se ha dado a conocer en la modernidad: el saxofón.
Inventado por Adolphe Sax (1814 – 1894) en 1841 y patentizado en París en 1846, el saxofón posiblemente haya llegado a la República Dominicana a raíz de la primera intervención estadounidense. Los infantes de marina desembarcaron en el país en 1916, debido a la inestabilidad económica y las deudas atrasadas que la isla había adquirido con los Estados Unidos. El entonces presidente, Theodore Roosevelt (1858 – 1919), empleó una política agresiva, especialmente en Centroamérica y el Caribe, conocida como «The Big Stick» o «El Gran Garrote», la cual se reducía en su famosa frase: «Speak softly and carry a big stick»: «Habla suavemente y lleva un gran garrote».
De gran importancia en el desarrollo del jazz, ya para entonces constituido como un género de gran valor en la nación norteamericana, el saxofón irrumpió con fuerza en el merengue gracias a su poderosa musicalidad y las diversas técnicas que se habían desarrollado en Estados Unidos para volverlo más expresivo. El saxofón le aportó al merengue nuevos registros armónicos.
Es en esta época cuando se empieza a escuchar una nueva forma de merengue denominado «pambiche», neologismo derivado de las palabras «palm beach», que era el nombre de una tela muy popular en la isla, traída por los norteamericanos. A raíz de esta nueva concepción del género es que se comienzan a notar en el baile pasos característicos de los ritmos en boga en los Estados Unidos, como el one step y el fox-trot. Una pieza de merengue muy popular de la época, dice así:
«Palm-Beach es mejor que el dril
y es mejor que el casimir,
con él yo voy a fiestar
y con mi novia a bailar». Pasaron muchos años para que el merengue, encubado y desarrollado por las clases populares, se sobrepusiera a los ataques a los que había sido expuesto desde sus inicios. Mientras las urbes lo desdeñaban, en el campo, particularmente en la región de El Cibao, se cultivaba con ahínco. Se necesitó buscar nuevos derroteros para que el ritmo obtuviera amplia y total aceptación, lo cual sucedió gracias a la figura de Rafael Leónidas Trujillo (1891 – 1961), político, militar y responsable de una de las más crueles dictaduras del siglo XX en Latinoamérica.
Ávido bailarín, a él se le debe la difusión del merengue. Antes de llegar al poder, Trujillo lo había utilizado en su campaña electoral. Con ello, por supuesto, consiguió los votos de las zonas rurales. No obstante, después de ganadas las elecciones, Trujillo siguió utilizando el merengue como símbolo político. En La Voz Dominicana, radioemisora fundada en 1945, el merengue siguió unido a los mensajes populistas de su gobierno. Sin embargo, el ritmo mostró tener méritos propios, ya que empezó a ser aceptado por las élites.
Para esa época el merengue ya había asimilado gran parte de la instrumentación de las orquestas de jazz, entre ellos las trompetas, el piano, el bajo, el trombón, tres o más cantantes y –por supuesto– los diferentes tipos de saxofones. Fue éste un periodo de verdadero esplendor, en el que nació un auténtico interés por parte de los arreglistas de crear piezas de elevada elaboración armónica. Ejemplo de ello son las composiciones de Luis Alberti, Héctor de León, Julio Gutiérrez, Agustín Mercier y Papa Molina, por mencionar algunos.
Más tarde, y ya con la dictadura de Trujillo en el pasado, surge la voz de un joven músico que, al respirar los aires de una nación libre y dispuesta a aceptar nuevas ideas políticas, filosóficas, artísticas y musicales, fusiona el merengue tradicional con ritmos estadounidenses como el rock-and-roll y el twist. Se trata de Johnny Ventura (n. 1949), hombre responsable de la modernización del merengue. Hábil y talentoso, Ventura ideó nuevas formas de ejecución, pero sobre todo logró imponer temas de mayor velocidad rítmica sobre los temas suaves que hasta entonces habían caracterizado al género.
Por otro lado, en la década de los sesenta, la diáspora asentada en Nueva York a consecuencia de la dictadura de Trujillo, comenzó a regresar lentamente a la isla. Los inmigrantes consiguieron aportas nuevas perspectivas musicales y métodos de representación. Con ellos se inició un estrecho vínculo entre dos áreas geográficas que en conjunto insertaron el merengue en el reñido mundo discográfico.
El resto es historia. El merengue se dio a conocer en distintos países. El mundo le abrió los brazos sin imaginar la dura batalla que a lo largo de su historia sus creadores tuvieron que librar. Desde los tiempos en que los conquistadores sometieron la región, hasta los días difíciles en que el merengue fue blanco de las más severas críticas, éste género ha servido de escape no solo a un país, sino a un continente que por siglos ha sido presa de la neurosis. Así lo han atestiguado las canciones de Crispín Fernandez, Wilfrido Vargas, Juan Luis Guerra, Cuco Valoy, Milly Quezada y Ramón Orlando, entre otros.
Maravilloso habría de ser un ritmo que por sí solo no expresa las desventuras de su gente. Tampoco sus sufrimientos. Pero sí brinda una clara imagen de hombres y mujeres que por siglos han sido víctimas –directas o indirectas– de los desaciertos de la historia. El merengue, bajo ninguna circunstancia, consigue manifestar sus tragedias, tampoco sus lamentos, sino que habla de un sobrehumano y desesperado intento por evitar hundirse irremediablemente en la locura. Por cada garrotazo, ha surgido un merengue. Por cada latrocinio, ha nacido la idea de un jaleo.
En relación a otros géneros musicales de importancia como la salsa o la cumbia, el merengue ha registrado de forma extraordinaria los dilemas e inquietudes de distintas generaciones. A veces con letras de amor o de denuncia social, y otras con humor e ironía. Y así, hasta lograr establecer un recurso que ha hecho las veces de antidepresivo para un continente en donde el caos y la corrupción suelen ser una constante.
Las desgracias en Latinoamérica siguen siendo aterradoras. Para ejemplo bastan las más recientes estadísticas que indican que sólo en la República Dominicana dos millones de personas sufren de hambre y desnutrición. Treinta y un por ciento de la población urbana vive en extrema pobreza. Esta cifra asciende a cuarenta y cinco por ciento en las zonas rurales, mientras que los índices de violencia por falta de trabajo han llevado a sus ciudadanos a verdaderas batallas civiles. Todo esto, por supuesto, a la luz de gobiernos cuyos actos de alguna manera reflejan la febrilidad de los conquistadores. Sin embargo, la diferencia entre ambos descansa en que, siendo los primeros un grupo de extranjeros en busca de riqueza y poder, hubiese sido ilógico, y hasta cierto punto antihistórico, esperar de ellos otra cosa que no fuera la rapiña.
En el silgo XXI, el siglo de la alta tecnología, las armas nucleares, el petróleo y la comida rápida, el merengue continúa ofreciendo salidas a la nuevas murallas muy similares a las del rey Henri Christophe. Poco ha cambiado en Latinoamérica. Su pronunciado subdesarrollo sigue siendo una cruda verdad. Sin embargo, en tiempos difíciles como éstos, urge cuidar la calidad musical amenazada por los aires modernos, la industria discográfica y la mercadotecnia. Se necesita aprender a valorar el arte no sólo por la felicidad que nos brinda, sino por su importancia estética, que es su verdadera razón. Más allá de cualquier tipo de prejuicios, es esencial alegrar la vida con merengues de calidad lírica y armónica. Aprender a valorar el género, enaltecerlo, para de esta forma agradecerle su invaluable ayuda ante los duros caprichos de nuestra cruel realidad.
(1) Pacto firmado en Holanda en el año 1697, mediante el cual los españoles cedieron parte de la isla a los franceses.
(2) Henri Christophe, político independentista nacido en la isla de Granada y autoproclamado rey de Haití en 1807, tras el derrocamiento de Jean Jacques Dessalines (1758 – 1806).
(3) En su etapa primitiva el merengue se dividía en cláusulas de ocho compases.
(4) Tras la modernización del merengue, el paseo fue sustituido por una breve introducción instrumental, muy diferente en estructura a las complejas y melodiosas partes que componían el paseo.