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Políticas culturales: modelos letrados, genealogía y nuevas intervenciones, por Leonel Delgado Aburto

Ponencia para el Foro “Movimientos culturales y la política del estado nicaragüense. Análisis crítico y propositivo”.

2007, 4 de Junio | Agrega un comentario

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Ponencia leida 2 de junio de 2007 en UNIVALLE, Managua.
(Versión digital sin pies de página. Descargue original en formato .DOC)

Las convulsiones sociales, culturales, políticas y tecnológicas de las últimas décadas (procesos que podríamos resumir en el binomio revolución y globalización), han demostrado que las transformaciones del Estado nicaragüense son lentas y paradójicas, aun en medio de cambios radicales en sus estructuras. Se ha enfatizado, a este respecto, la importancia del cambio cultural, pero generalmente se piensa en el ámbito de la cultura política, y no de la política cultural, la que ha sido mucho menos discutida y estudiada. Esto quizá porque los requerimientos científicos y disciplinarios que supone esta discusión, no están en nuestras academias y universidades, y, menos aún, en las prácticas discursivas del Estado. No hemos tenido ni una antropología que rescate y defienda las culturas tradicionales, ni una sociología que penetre el sentido de nuestra modernidad, para no hablar de las carencias en los ámbitos de la historia del arte y la literatura, la arqueología, las artes y ciencias de conservación, o los estudios culturales. Confrontamos mal, por lo tanto, los cambios culturales y epistémicos del presente. Significativamente, dentro de la trama neoliberal, la Universidad ha ido suspendiendo la producción de científicos, ideólogos o intelectuales que podrían elaborar estos temas. El del presente es un modelo cultural y educativo que podría llamarse de “ciudad maquila” en que no se elabora de forma endógena la teoría social y cultural (de hecho la Universidad ya no quiere o no puede formar a los potenciales especialistas en estas áreas), y, sin embargo, se procesa y se recrea la cultura llamada nacional al ritmo impuesto por la globalización, en el estatus del mito y la resignación.

Hay que partir, pues, de reconocer estas ausencias y vacíos, los que se traducen en incapacidad cultural y científica para confrontar las realidades. Es urgente, por eso, pensar de manera histórica o genealógica esta problemática. En este sentido, para pensar la política cultural del Estado, hay que volver la vista al rol histórico de los intelectuales e ideólogos de la nación (que suelen ser los mismos), y a sus dos más preciados inventos (o inventarios) paralelos, el de la cultura nacional (en tanto repertorio de acentos y objetos), y el de la escritura como espacio cultural alternativo en que se resguarda la subjetividad (cierta subjetividad con poderío). Esto requiere un análisis un poco detallado, pero antes de intentarlo, quiero proponer como una de las tesis centrales de mi ponencia que esta doble conceptualización (cultura nacional y escritura como espacio de la identidad) ya no es suficiente para confrontar los contextos del presente.

Cultura nacional y escritura



De forma tardía con respecto a otras experiencias latinoamericanas, la cultura nacional se define en Nicaragua como cohesión comunitaria ideal a partir de la tercera década del siglo XX. Siendo un proyecto paralelo a la dictadura de Somoza García, el proyecto vanguardista impone lo que son, de hecho, políticas culturales hegemónicas. Hay que insistir en la importancia que tiene en estas experiencias la autonomía, y también en sus fundamentos: se trata de la acción de un grupo intelectual proveniente de la oligarquía, que se va a proponer la tarea de inventariar la cultura nacional en todos los ámbitos posibles, desde el folklore hasta el dialecto, la música y las tradiciones. Ese inventario es fundacional, y es en gran parte lo que todavía entendemos como cultura nacional. También son notables los intereses ideológicos de esta conformación, su fijación regional, homosocial, androcéntrica e hispánica, con ese sentido de ultraderecha que el término adquiere sobre todo a partir de la dictadura de Franco5. “La Hispanidad—dice Rojas Mix—se activa en un mito: el de Cruzada, la Cruzada del Occidente cristiano contra el Oriente bárbaro”. Este aspecto misionero y militar impregna en cierta medida las figuraciones de lo que entendemos como cultura nacional (en campaña de civilización o de alfabetización los intelectuales son casi siempre “cruzados” que llevan “luz” a las tinieblas). Pero el proyecto vanguardista no es simplemente una imposición ideológica, que puede funcionar en sentido paralelo al proyecto del Estado somocista, sino que también posee una elaboración intelectual de distinción y singularización (por eso hay que hablar de autonomía). El gesto retórico fundamental al respecto puede ser el de José Coronel Urtecho cuando se retira al Río San Juan a escribir. Hay algo más que una anécdota en ese gesto: se trata del momento en que el intelectual (sin necesariamente desligarse del proyecto cultural hegemónico) se distancia de la política como tal (cultural u otra), e inaugura un espacio de autonomía conocido también como escritura. En el ámbito de la política nacional, los intelectuales son los que legislan sobre el inventario de lo nacional. Pero, paralelamente, la producción escritural es un ámbito que los protege del devenir histórico. Se forja un hombre nacional, con el inventario de los objetos culturales, y se le da un acento universal cuando se le impone el orden de la escritura. La autoridad intelectual aparece así articulada por un código doble que designa lo que es particular y lo que es universal.

Las generaciones intelectuales posteriores, aunque pueden ser muy críticas de los vínculos políticos de los vanguardistas con la ideología de Somoza y con la de Franco, retoman, sin embargo, las dos enseñanzas fundamentales: 1. heredan el inventario de la cultura nacional, en cierto sentido nunca cuestionado ni siquiera por la revolución sandinista; 2. deciden que la autonomía literaria es el símbolo trascendente de la autonomía nacional (los escritores son la avanzada ese cultura nacional que hay que construir). Este último es el tema de Balcanes y volcanes de Sergio Ramírez, y de esa propuesta surge mucho de la política cultural del estado revolucionario.

Es precisamente a partir del gobierno sandinista que se puede hablar más directamente de una política cultural que abarca los dos sentidos con que comúnmente se entiende el término cultura: tanto en el sentido estricto de arte y letras como en el concepto antropológico de formas o estilos de vida. Parte de los debates culturales de los años 1980s tienen que ver con estas distinciones. En efecto, ¿cómo fundar una nueva nación sin alterar de fondo los estilos de vida? Y, en estos cambios, ¿qué papel tendrían las artes y las letras? Por supuesto, desde la perspectiva del presente, hay que tomar en cuenta que en la coyuntura que va de 1989 (caída del muro) a 2001 (caída de las torres) se ha dado un desmontaje global de los presupuestos de la soberanía nacional que sostenía los proyectos revolucionarios. En todo caso la política cultural de la revolución fue contradictoria, y algunas de sus notas discordantes son las siguientes:

1. Se trató, como ya lo ha señalado Wellinga,9 de (varios) proyectos personales. ¿Cómo interpretar este personalismo? En cierta medida se trata de que la autonomía cultural fundada por la escritura favorece la imposición de la personalidad por sobre la institucionalidad (en el sentido, asimismo, que toda escritura es política, e implica poder simbólico). Hay que insistir de nuevo en la fragilidad de la institucionalidad académica y cultural en Nicaragua, y de lo vulnerable que son los debates ante el predominio de las amistades y enemistades militantes.

2. Hubo, en el proyecto del Ministerio de Cultura, un favoritismo por las artesanías (no sólo en sentido literal, sino figurado: la exaltación del creador popular naive o amateur). Este acercamiento desplegó varias tareas antropológicas y folklóricas (de recolección y fomento cultural) que siguen siendo necesarias. Hay que enfatizar, sin embargo, que no todo era innovación, sino, más bien, continuación de las labores de inventario y resguardo de la “cultura nacional” iniciada por los vanguardistas. Me parece que lo más polémico de este proyecto es que implica la creación de un sujeto popular a medida del deseo de los intelectuales: todo esto en un espacio nacional cerrado e incontaminado11. Este esquema, es quizá innecesario repetirlo, está en crisis profunda debido tanto a las fallas propias como a la globalización.

3. Como se sabe la tensión entre artesanías y arte (que sería otra forma esquemática de plantear el proyecto cultural revolucionario) llevó a las escaramuzas y guerras culturales ganadas o perdidas de los años 80s. Algunos resultados de tales combates son destacables. Por ejemplo, el recelo intelectual frente a las políticas culturales del Estado. Pero lo predominante ha sido la imposición de la ideología del estado mínimo también en lo que se refiere al ámbito de la cultura. Esta recurrencia neoliberal junto a la posición tradicional de propagandizar, hacer apología y practicar como política cultural exclusivamente el resguardo de las tradiciones y objetos culturales ha sido el eje de la política cultural en las últimas décadas. El problema aquí es que, por una parte, el estado compactado vuelve un contrasentido su procedencia nacional, de manera que lo nacional se refugia en otros espacios independientes o, como es frecuente, ubicados en la intemperie social. Por otra parte, y esto es fundamental, limitar la política cultural al resguardo, implica evitar un punto central del debate: cómo esos objetos, gestos y tradiciones llegaron a representar lo nacional.

Del arraigo y sus fuentes



Plantear esto implica, en realidad, preguntarse cuál es la historia de los vínculos entre clases dominantes, ideología cultural (nacionalista u otra) y políticas culturales del Estado. Este es tema de una investigación que ojalá alguien lleve a cabo algún día. En este caso, voy a señalar únicamente cuatro características que resultan visibles:

1. El desarraigo de las clases dominantes, con base en la ideología liberal, universalista, sobre todo a partir del predominio de la agro-exportación a finales del siglo XIX. El desarraigo es hoy muy evidente en las clases tecnocráticas, en la concepción meramente técnica de la educación universitaria, y en la manera en que la globalización influye en los valores de diversos grupos. Incluso los más nacionalistas reciben esta influencia: ya somos demasiado desarraigados con respecto a lo que nosotros mismos entendemos como nacional.

2. El arraigo nacionalista ideologizado, “desde arriba” u oligárquico (articulado, como dice Sergio Ramírez, por el folklore y el anticomunismo). El rubendarismo, la exaltación provinciana de la amistad y el sentido familiar en el ámbito intelectual, la falta de disciplina en la producción artística, son marcas protegidas por este tipo de folklorismo. Este tipo de arraigo impide la construcción cultural pues limita el desarrollo de las tareas de recopilación y resguardo de lo nacional, así como de las discusiones en torno a lo que se entiende como tal. Al mismo tiempo vulnera la articulación de lo universal, en el modo tradicional de entenderlo (es decir, en torno a la subjetividad del creador). No hay que olvidar que esa subjetividad exaltada del creador, es en su aspecto ético ideal una versión sublime de la ciudadanía. Y, en Nicaragua, la ciudadanía, incluso de los creadores, ha devenido fabulosa, onírica o legendaria, en el sentido peyorativo que puedan tener estos términos.

3. El arraigo nacionalista elaborado por la “inteligencia”, que adquiere en este sentido un aspecto utópico (en el buen y mal sentido de la expresión). De hecho la revolución sandinista fue una especie de laboratorio para probar si por medios letrados se podía refundar la nación. Esto implicaba la interrelación entre literatura y política mancomunadas por tareas pedagógicas y éticas, que se ampararía por la construcción de límites y fronteras (el territorio liberado y su versión en el espacio de la subjetividad: el hombre nuevo). La tecnología y la globalización parecen impedir esta alternativa, pues no es ya más la literatura la disciplina cultural central, no es tampoco el libro el instrumento hegemónico de la cultura, y, como se sabe, los límites nacionales son cada vez más relativos y paradójicos. El “hombre nuevo” ha resultado tener un fundamento más tecnológico que ético. Incluso, entender la opresión, que debería ser una tarea fundamental de la cultura, en estas condiciones pasa por un complejo proceso interdisciplinario y desterritorializado, en el que, una vez más, estamos en términos académicos, muy atrasados.

4. El usufructo subalterno de las identidades (incluida la identidad nacional). Contrario a las versiones postestructuralistas más ortodoxas, que piensan que no hay manera que los oprimidos “hablen” dentro de los esquemas establecidos por el Estado y la modernidad, se podría postular en un sentido más gramsciano que es el carácter fragmentado de las luchas subalternas, lo que contribuye a la ocultación y encubrimiento de esas presencias. En Nicaragua tenemos el gran ejemplo de Sandino como agente político que rearticula el sentido de lo nacional a partir de luchas sociales específicas, que tienen caracteres regionales, étnicos y con una agenda social (rural y agraria) concreta. ¿Es posible colocar las agendas que provienen de ámbitos subalternos en los espacios de lo estatal nacional? Este es en parte el tema de la investigación de Erick Blandón, Barroco descalzo, y es el eje con que, recurriendo al paradigma de los estudios culturales, puede invocarse la heterogeneidad cultural.

Desde dónde intervenir



Por supuesto, nada de estas potenciales fuentes de identidad aparecerán ordenadas o estudiadas, y, sobre todo, discutidas, si no hay espacios de creación, teorización y debate. Las políticas culturales (en su discurrir lento y personalista, característico del estado nacional) parecen surgir de un arreglo entre estas cuatro posiciones, con el predominio de algunas, según diferentes intereses y agendas. Así, hemos tenido una tensión entre una política cultural de mera publicidad folklórica, y otra política que podría llamarse letrada o intelectual, mucho más pedagógica e iluminista. Aunque, como sabemos, lo que sobresale en las últimas décadas, es, más bien, la ausencia de políticas culturales coherentes, o lo que es lo mismo, el predominio de una política de inercia y desarraigo tácito.

Por otra parte, la pobreza cultural hace pensar de manera patrimonial las políticas culturales, es decir, qué parte del presupuesto tocará a qué grupo o persona. Sin embargo, creo que debemos aspirar a ir un poco más a fondo y discutir lo que realmente está por detrás de nuestra ansiedad patrimonialista. Y esto conlleva un cuestionamiento muy importante: ¿arte o artesanías?,es decir, creadores autónomos y modernos o culturas populares. Por varias razones, esta dicotomía se ha tornado falsa, aunque tal falsedad no implica una desproblematización. Al contrario, en el territorio de la globalización lo que está en juego es la posibilidad de articular de forma novedosa y auténtica las identidades, lo que implicaría unos trabajos arduos de interpretación y debate.

No hay, por supuesto, una ineficacia intrínseca en el diseño de una política cultural, sobre todo si es pensada tomando factores como lo que ya mencioné. Se podría elaborar bajo estos parámetros una política cultural ideal, enfatizando uno u otro de los aspectos mencionados. El problema es, más bien, de participación. En el ámbito cultural, la ausencia más evidente es la de una posicionalidad crítica de la sociedad civil en torno a las políticas culturales. (Entendiendo que sociedad civil no equivale a un destacamento de vanguardia formado por notables, y disciplinado bien sea por la disciplina partidaria o por los vínculos pigmentocráticos.) Según creo, y esa es la parte más propositiva que podría traerse a cuenta de todo lo que vengo diciendo, un parte importante de la política cultural debería articularse como un debate en torno a estas procedencias: el arraigo nacionalista, la tensión entre la razón oligárquica y la razón intelectual del nacionalismo versus las posibilidades subalternas de ampliar el concepto tan limitado, interesado y obtuso que tenemos de lo que es la cultura nacional, y todo esto enmarcado por la globalización.

Esta propuesta sería, pues, de pluralidad y de debate, en oposición a una política (o politiquería) de culto nacionalista de lo nacional. Esto implica, en cierta medida, descentrar nuestras expectativas: se trata de intervenir desde la sociedad civil, de cuestionar y criticar lo consagrado, de integrar a los sectores marginados, y por tanto de contribuir a un rediseño de lo que hemos entendido como lo nacional. Pero ¿qué espacios son los de estas intervenciones? Fundamentalmente, la Universidad (aunque a veces ésta no parece darse por aludida) y los movimientos culturales independientes (aunque a veces éstos estén fijados exclusivamente en el aspecto patrimonial de las políticas culturales). El crítico brasileño Roberto Schwarz se preguntaba por qué en Brasil ninguna escuela interpretativa arraigaba, y sucesivamente la inteligencia de su país saltaba del impresionismo a la nueva crítica, del marxismo a la fenomenología, del estructuralismo al postestructuralismo, o a la teoría de la recepción. En resumen por qué la vida intelectual brasileña parece comenzar de cero con cada generación. Algo similar ocurre en Nicaragua, pero, por supuesto, de manera menos sofisticada, porque no saltamos entre escuelas interpretativas sino entre las agendas políticas que se imponen con los cambios de gobierno. Esto provoca una especie de conciencia deshitorizada, pues pareciera que los debates terminaran o comenzaran al ritmo de los cambios políticos, pero todos sabemos que los debates culturales suelen tener su propio ritmo: no hay, pues, que sucumbir a la tentación de emparejar los debates de la cultura y “resolverlos” según el orden político (eso sería reafirmar la tradición patrimonialista). La respuesta a la problemática planteada por Schwarz es bastante compleja, e implica un planteamiento postcolonial. En el caso de Nicaragua, también, pero debemos fijarnos, por la naturaleza de este foro, que tras esta problemática está la debilidad institucional de la universidad y de las instituciones culturales como espacios productores de intelectuales.

No hay que dejar de observar, además, que la autonomización de la cultura nacional y de la escritura elaborada por la elite, no abarcó el ámbito de la universidad. Y en el predominio de la globalización, la universidad se ha ido convirtiendo en un ámbito pospuesto. La investigación humanística se está dejando en manos de las Universidades del norte, de manera que pareciera que vamos a un modelo en que simplemente vamos a acoger y copiar los modelos identitarios elaborados en otras latitudes. Quiero repetir que el del presente no es un modelo de ciudad letrada, sino de ciudad maquila, pues se trata de meramente procesar a bajo costo identidades. E insisto, además, en que los modelos instaurados en los años 1930s ya no son suficientes: no son suficientes los inventarios ya elaborados de la cultura nacional, y no es suficiente la forma en que se ha articulado la autonomía y soberanía individual en la escritura. Cuestionar ambos espacios debería ser parte de la política de intervención de los movimientos culturales realmente nuevos que surjan en el ámbito nicaragüense.

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